jueves, 24 de septiembre de 2009

Ese momento que cambió mi vida

Trato de recordar cuándo decidí venir a Australia y no soy capaz. Desde que empecé la universidad tenía claro que quería irme de Erasmus. A medida que los exámenes y los cuatrimestres pasaban, se allanaba el camino para irme en mi cuarto año (mi carrera dura tres). Suspender una o dos asignaturas por año, mejor dicho, no presentarse, y llevarme unas pocas era un buen plan. Y así lo hice, me quedé dormido en algunos exámenes, me pilló el toro en otros, lo de siempre. Así que me presenté en tercero con dos posibilidades: coger todo lo que me quedaba y pasarme un año enclaustrado aprobando un curso y medio, o tomármelo con filosofía y tranquilidad y alargar un año más la carrera en el extranjero. Sinceramente, a mí la filosofía no me gusta mucho, gracias a las chapas de Anselmo en el Jorge, pero me considero una persona tranquila. Como dice mi abuelo Zósimo: “Mario es buen chaval, eso sí, tranquilorro como el solo”. El siguiente paso fue decidir el destino. Tenía claro que quería hablar inglés, porque es el único idioma que chapurreaba y porque lo considero una herramienta imprescindible para trabajar, viajar y usar la Wikipedia en inglés, que tiene más artículos. Las posibilidades de la ULE no eran muchas. De hecho me parece que solo podía elegir entre USA y Australia, no me acuerdo muy bien, porque cuando leí Australia se me nubló la vista y casi se me paró el corazón. Mario que eso está muy lejos, pensé. Si vas para allá no vuelves en un año, recapacita, considera todas las opciones. Y así lo hice, consideré la opción de los States y sus banderas, himnos y patria. Es un sitio que ya conozco y no me disgusta. Se que las universidades americanas están en la vanguardia, sus investigadores son los más famosos y fructuosos (con el permiso de Punset) y tienen autovías de tropecientos carriles, pero el hecho de que halla más McDonals que bares, desprestigia mucho a una nación. Además Australia suena my bien. Es un sitio del que apenas conocía nada. Sabía que es un lugar al que la gente va a hacer surf, y poco más. Pero el hecho de no conocerlo, me pareció atractivo, al igual que pasar un año sin volver a España, y empaparme hasta los huesos de la cultura australiana, el idioma y la gente. Y dentro de Australia, obviamente Sydney, sin duda.

Lo peor estaba por llegar, todo el papeleo que hay que hacer desde que solicitas la plaza hasta que tienes todo preparado para irte, algo que a mi nunca me pasa. Hay que conseguir un montón de papeles, certificados, hacer exámenes de inglés, traducir documentos para la universidad de destino, conseguir pasaporte y visado; es algo así como el Gran Prix del verano, en vez de correr delante de las baquillas, pierdes el culo por que no te cierren los bancos y las oficinas, y cambiando al muermo de Ramón García, por los coordinadores de la oficina de relaciones internacionales, una gente encantadora.

Y como no, decir adiós a todo el mundo. Primero en León, con una cena sorpresa muy bien montada, aunque el Quillo y yo casi lo fastidiamos todo, porque se nos alargó más de la cuenta el partido de fútbol que sirvió de señuelo para echarme de casa mientras el resto preparabais el guateque. Menos mal que la técnica de asomarse al balcón y llamarnos a voz en grito para subiésemos a casa funcionó a la perfección Ni móvil, ni iPhone, ni nada, una voz potente es lo que necesitamos. Por cierto, os tengo colgados en la pared de mi habitación.


Después en Santoyo, un plan digno de la Mossad, diseñado durante semanas, pensado para que no me enterase de nada, todos los movimientos calculados al milímetro. Esta vez el señuelo fue una ruta en bici con mi primo, si es que me pones un deporte delante y no me lo pienso dos veces, como un tonto un lapicero (o un caramelo, no lo se, me tengo que repasar el refranero). No podía faltar a mi última ruta en familia durante un año, y para allá nos fuimos. Fue un desastre, anduvimos por un campo de trigo 20 minutos, pinché dos veces, ¡dos horas para hacer 20 kilómetros!. Pero fue muy divertido. Ya en Santoyo me dice mi primo: ‘Vamos a la bodega a por vino, y de paso bebemos un poco con la goma de cebar el garrafón, como hacemos siempre’ (abuelo, mira quien es el que se bebe todo el vino), y yo para allá que me fui. Nos presentamos delante de la puerta y cuando la abro, me encuentro con una pancarta gigante, un grito gigante de felicidades, una cena espectacular y una cara de susto y felicidad que hubiese gustado ver.

Y después para celebrarlo de fiesta a Amusco, inolvidable. También os tengo en mi habitación que aunque es pequeña, hay sitio para todos.


También estuvo muy bien la última “una de nove”, la comida familiar en Santoyo y esa coca cola en la terraza del Salón con Romu, María y María peque. Son muchos los momentos emotivos que he vivido antes de irme, aunque no he podido despedirme de todo el mundo que me hubiese gustado, sobre todo de toda la familia de Astudillo, a la que hace mucho que no veo y desearía haberos dado un abrazo enorme a cada uno.

Todavía hoy me pregunto que pasó por mi cabeza el día que decidí pasar un año en el otro lado del globo, a más de veinte mil Km de mi casa, mis amigos, mi familia, y lo más importante, el pilar que soporta la pesada carga de mi existencia, y que muchas veces paso por alto que está ahí simplemente porque nunca se ha movido de su sitio o porque muchas veces no aprecias un bien hasta que no lo pierdes. Este es mi caso, no puedo decir que me haya faltado amor, cariño, consuelo de mi madre en ningún momento de vida.

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