jueves, 24 de septiembre de 2009

Mi primer amor



Llegué a Sydney un viernes por la noche, después de un viaje un poco largo, pero bastante llevadero. La verdad es que pensé que iba a ser más pesado de lo que realmente fue. En el primer vuelo me tocó al lado de una familia española que vivía en Bali, y la verdad no hablé mucho con ellos. Tenía muchas cosas en las que pensar, un montón de gente de la que acordarme y mucha caquita en el culito que limpiar, lo reconozco, estaba acojonado, sobre todo porque no sabía siquiera donde iba a pasar la primera noche que llegase. En principio tenía reservado un hostal que tenía muy buena pinta. Dos días antes de marchar me habían dicho que sí que tenían sitio, o por lo menos eso es lo que había entendido. Cuando me levanté el día que cogía el avión leí un email del hostal diciéndome que no tenían cama para mí, que lo sentían mucho. Vaya notición, ya me veía pasando un par de días en el aeropuerto. Entonces reservé otro hotel a toda prisa, lo primero que vi, y recé para que hubiese sitio. Total que no estaba de humor para hacer amigos durante el viaje. En el segundo vuelo conocí a un chico indio con el que hice muy buenas migas, me dio su móvil y todo porque le encantaba la liga española. Me dijo: ‘cuando quieras me llamas, vienes a mi casa vemos un partido con una cervecita que tengo televisión por cable’. Desde ese momento se me quitaron los miedos y me di cuenta de que Sydney iba a ser muy grande. Al poco rato me cambiaron al indio por un niño paquistaní, muy simpático y que me hacía un montón de gracia cuando hablaba, no por lo que decía, sino por el acento, una mezcla de sonidos imposible de descifrar. No entendí apenas nada de lo que me dijo en todo el vuelo, pero me lo pasé muy bien. Ah casi se me olvida, si venís a Australia no traigáis una cuña de queso en el equipaje de mano, ni una colonia, ni siquiera pasta de dientes. ¡Lo tiran todo a la basura! Casi me da un ataque de cólera cuando me dice una buena señora que ni queso ni na, y por mucho que intenté convencerle de que la cuña no estaba afilada, que no iba a usarla a modo de navaja para secuestrar el avión, ella seguía en sus trece. Tampoco acepto la proposición de llevarse mi frasco de colonia a casa para regalárselo a su novio o a su padre… cualquier cosa mejor que tirarlo. Menos mal que no me quitaron el jamón ibérico, el salchichón y el chorizo, porque me hubiese puesto muy agresivo, y yo con una cuña de queso soy muy peligroso.

Mirad que vistas más chulas de Bangkok. Estaba todo inundado, repleto de agua, como si fuesen plantaciones de arroz o algo así. La llegada a Sydney fue increíble, estuve como media hora viendo luces y luces de la ciudad y sus alrededores, que son gigantescos, se distinguían los coches, las carreteras, las casas, los estadios de fútbol, todo a escala micromachine, pero no pude sacar fotos porque soy un poco paspán y no sabía como poner la cámara en modo noche.





Mi primer amor

Aquí viene lo bueno: Todo empezó la tarde del sábado sobre las ocho de la tarde. Yo había estado dando un paseo por la playa, por la uni, dónde por casualidad me encontré un partido de fútbol australiano. Es una especie de mezcla entre fútbol y rugby, que se juega en un campo redondo con una pelota de rugby y cada equipo está compuesto por unos 18 jugadores, que tíos más grandes, son largos y anchos, saltan y corren, se chocan los unos con los otros y no se pican entre ellos, como si nada hubiese pasado. Algo que en el fútbol español por desgracia es inimaginable. Pues le estaba contando todas estas cosas a mi madre cuando entraron en la habitación un chico y una chica. Dejaron sus cosas en una litera al lado de la mía y empezaron a hablar conmigo. La chica era bastante mona, no muy alta pero tenía una cara simpática. El chico… parecía simpático, es todo lo que pensé. Los dos eran muy elocuentes, pero la chica además emanaba cariño por todos sus poros. Mi madre se estaba poniendo nerviosa al ver que su hijo hacía más caso a una chica que acababa de conocer que a la persona que le trajo al mundo. Me decía que la hiciese caso a ella y que dejase a esa gente para después, y eso fue exactamente lo que hice. Clara me dio su número y me dijo que la llamase cuando terminase con mi madre. Me lo pensé un par de veces antes de decidirme a quedar con ellos, estaba claro, no había nada que pensar pero yo me lo pensé. Antes de bajar al bar donde estaba me tenía que poner guapo así que tiré del recurso de la ducha en seco, y un chicle ( no había tiempo que perder). La noche iba sobre ruedas. En el bar había muy bien ambiente. Estuvimos hablando, bailando y bebiendo un poco. Era muy gracioso, te ponían las copas en cubos de arena, con su asa y todo, lo malo es que te clavaban diez dólares por cada cubito de mierda.

Cuando nos cansamos del bar nos fuimos a la playa, donde nos dieron las dos o las tres sin darnos cuenta. Yo me lo estaba pasando genial con esas dos personas que acababa de conocer, pero que me trataban como si fuésemos amigos de toda la vida. Era el momento de irse al hostal y culminar una noche mágica. Pero no se que pasó que mientras el chico y yo nos estábamos lavando los dientes, Clara se quedó dormida, sin decirme ni siquiera buenas noches. No tuve tiempo de reacción, ya no había nada que hacer. Yo no tenía cuerpo para irme a dormir y el otro chico era inagotable así que no se nos ocurrió otra cosa que ir a darnos un bañito a la playa. El pobre no tenía otros calzoncillos, así que le tuve que dejar un par. Antes del baño estuvimos hablando, más cerca de lo normal para mi gusto. Me preguntó que pensaba de Clara, y le dije que estaba muy bien, pero que no había habido suerte. Tenías que ver la cara que puso, yo creo que lo partí el corazón. Por fin decidimos adentrarnos en el gélido mar. Una vez en el agua, lo típico, que si te mojo y me mojas, que si te empujo contra una ola, y después de lo típico vino lo atípico, que si me abrazas y me haces una aguadilla, que si hago como si corro a coger una ola pero en verdad coro porque no quiero que me vuelvas a abrazar con tanto cariño, que si me persigues y me abrazas con más cariño antes, que si nado mar adentro jugándome la vida con tal de que no me sigas abrazando. Y en esas estábamos cuando salimos del agua. Obviamente solo había una toalla, y la verdad es que soplaba una ventolera que te ponía los pelos de punta, situación que nuestro amigo aprovechó para darme otro abrazo, esta vez para que no pasase tanto frío. Yo no daba crédito, en el bar me había fijado que bailaba con mucho ritmo, lo hacía muy bien, pero de ahí a que me metiese fichas de esa forma hay un cacho. Cuando nos cambiamos, cada uno por su lado, seguimos charlando. Simplemente quería mantener las distancias y hablar, pero él se encargaba de acortar las distancias. Yo estaba muy confundido. Nunca había vivido algo parecido, y no quería que se decidiese a decirme algo muy profundo y bonito, o peor, darme un beso. No quería dar explicaciones de mi masculinidad, y menos en inglés. Le propuse que nos moviésemos, que fuésemos a dar un paseo. Caminamos por los acantilados viendo como las olas rompían contra las rocas, disfrutando del olor de las sal, y nos sentamos a ver amanecer, simplemente mirar al horizonte y disfrutar del paisaje. Una estampa realmente romántica, pero desgraciadamente Clara se había ido a dormir, y parece ser que yo, después de mucho esfuerzo, había dejado claro a mi amigo que no era mi tipo.

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